domingo, 16 de febrero de 2014

De los silencios...

   Cuando era niño le tenía miedo a los silencios. Por lo general, estos surgían como una continuación de los enfados y hacían que un tiempo, aquel que menos me gustaba, se extendiese sobre todas las cosas: se paraban los juegos, se detenían las risas y hasta se olvidaban las fantasías. Aunque, a decir verdad, aquella eternidad que tanto me asustaba no duraba más de unos minutos, alguna hora o, en los casos más graves, una noche.

    Pero un día crecí y descubrí los otros silencios, esos que se cruzan los adultos. Y supe que éstos podían ser verdaderamente perversos. Mucho más que aquellos que me asustaban de niño. Son silencios que roban las palabras, las emociones, los deseos y hasta el cariño. Y que siempre son infinitamente más eternos del lado de aquel que lo recibe.

    Pero sucede que junto a ellos, existen otros silencios. Esos instantes en que no hace falta decir nada porque ya hablan los gestos, los abrazos, los besos, las miradas o las sonrisas. O también esos momentos en que nos reencontramos con nosotros mismos para hablarnos desde una soledad intencionada que nos pemita escuchar las frágiles palabras del alma. Y a estos silencios no les tengo miedo. Aunque a veces acuda a ellos para buscar unas palabras que se esconden y no salen para compartirlas conmigo mismo o con quienes dan vida a mis pensamientos. Aún así, me gusta perderme en ellos y hablar a solas con mi alma, pues sé que es allí donde nacen muchas de mis letras y de mis palabras.... Sí, en estos otros silencios.
Icarina

1 comentario:

  1. Personalmente prefiero los segundos silencios. Esos que describes maravillosamente como los diálogos con el alma, o con otras almas "gemelas": los de las miradas cómplices, los de las sonrisas ladeadas, donde sobran las palabras. ¡Buen día, Juan! Y perdona por romper este silencio...

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