viernes, 18 de octubre de 2013

A solas con ella....


   Hacía tiempo, tal vez demasiado tiempo, que no me encontraba así con ella. A solas...y en silencio. Un silencio que no necesitaba ser roto con las palabras. Éstas vendrían después a buen seguro, sin llamarlas. He querido disimular la sonrisa con que, de a pocos, se iban llenando mis labios. Ha sido imposible, ella la ha descubierto. Lo sabe todo de mí. Han sido muchos los instantes vividos en intensa compañía.

   He puesto música, he cerrado los visillos atenuando levemente la luz regalada por el sol y he detenido el tiempo. Y.... me he dejado hacer. La he notado ágil, ferviente, joven; pero sobre todo entregada a mí. Como en aquellas primeras veces en que, tímidamente, me acerqué a ella, hace ahora mucho tiempo.

   Y la he ido desnudando lentamente y ella me ha ido mostrando lo mejor que tenía. Y la he hecho mía y ella se ha dejado modelar por el ímpetu de mis manos. Y yo me he rendido a su magia y ella ha hecho infinita de nuevo mi pasión. Y hemos sido uno, sólo uno.

   Y así, poco a poco, ella, mi imaginación, ha ido orquestando en mi mente los compases de un íntimo tiempo ajeno al resto del mundo, dando vida a una historia nueva; una historia por escribir jamás vivida. Y así también, sin necesidad de llamarlas han vuelto a mí mis letras y con ellas..... las palabras.
                                                                                                         
      Icarina 

jueves, 22 de agosto de 2013

Mentiras......


   El silencio era insoportable. Aquel lugar parecía el vacío, la nada. Tan solo a ratos ese silencio era roto por un grito desgarrador que poco a poco se iba ahogando en su propio llanto, hasta quedar convertido en un casi inaudible gemido. Miré a mi compañera y vi en sus ojos la angustia con que se visten las primeras veces. Le dije que fuera tras de mí, a unos cinco o seis pasos de distancia. No me obedeció; y yo podía sentir en mi nuca su respiración entrecortada. No se lo recriminé. A la mierda el protocolo; ese invento de quien, sentado plácidamente en su sillón de piel, inventa las realidades a su gusto para dar a menudo órdenes totalmente irreales.

   Avanzamos orientándonos por los escasos sonidos que a veces se dejaban oír y que, en diversas ocasiones, confundíamos con los latidos de nuestro propio corazón; crecientes y arrítmicos.

   -¿Tú tienes miedo? –escuché tras de mí.
   -¿Miedo? No, nunca. ¿Por qué habría de tenerlo? –mentí con tanta convicción que hasta yo creí lo que acababa de decir.
   -A mí me gustaría no tenerlo –replicó ella-. Cada día me prometo que voy a hacer lo posible y lo imposible, pero cuando llega la hora de la verdad vuelvo a temblar como una niña indefensa.
   -No sufras –volví a mentir-. El tiempo sabe tocar los hilos de nuestro cuerpo para ir haciéndonos más seguros.

   Un nuevo grito nos situó frente a una puerta metálica llena de óxido por todos sus rincones. No me hizo falta mirar hacia atrás para saber que no estábamos solos. Hay detalles que en poco tiempo aprendes a adivinar. Empujé la puerta con decisión y entramos tratando de hacernos dueños de una situación que no conocíamos. El ambiente irrespirable de aquella habitación se unía a la escasa luz que aportaba una inerte bombilla de muy baja potencia. En un lateral pudimos ver a una niña de corta edad, semidesnuda y aterrada. Detrás suyo y oprimiéndole el cuello con un cuchillo, se quería esconder un hombre de aspecto enloquecido. No hacía falta que explicaran que eran padre e hija. Eran dos gotas de agua, nacida la una de la otra. Esas copias exactas que sólo la naturaleza sabe hacer.

   -Suelta ese cuchillo y deja que la niña venga hacia aquí. Todo ha acabado ya –nuevamente estaba mientido y lo hacía con la misma convicción que antes. Pero esta vez, ¿quién se creía mis palabras? Aquello posiblemente no había hecho más que comenzar.

   La frialdad que había en la mirada de aquel hombre era para mí razón suficiente para mantener mi arma apuntando firmemente a su entrecejo. No sé cuánto tiempo trascurrió; seguro que no fueron más de dos o tres minutos, pero en mi interior habían pasado mil años. Se adueñaron de mi pensamiento otras imágenes que van quedando suspendidas esperando una respuesta que nunca habrá de llegar. Apartó su mirada y dejó caer el cuchillo al suelo. Aquellos que yo había sentido sin haberlos visto cayeron sobre él rápidamente. La niña corrió tambaleante y se abrazó a la cintura de mi compañera. Miré a ambas. En los ojos de ésta descubrí el callado color del miedo y en los de aquella, en su corta edad, el inolvidable sabor del terror.

   Camino de casa invité a mi compañera a un café.

   -No, gracias. Jamás me perdonaré si mancho el instante de un café con estos sentimientos que ahora me inundan –rehusó ella-. Tal vez, mañana.
   -Sí, tal vez mejor mañana -y esta vez ya no mentí.

Icarina

jueves, 8 de agosto de 2013

Cosas de niños.....

   Esta mañana al iniciar una ruta por los Pirineos subía también una niña gallega de 6 años con sus padres. En uno de los tramos algo más complicadillo por la cantidad de piedrecillas resbaladizas y el desnivel, la niña ha buscado un pequeño atajo y ha subido con más tranquilidad. Instantes después cuando he llegado hasta ella me ha dicho: "¿Has visto lo lista que soy?"

   Yo le he respondido: "Se te ve en los ojos que eres muy lista. Además seguro que a las meigas les gusta ayudarte para que te diviertas mucho."

   Y ella, con cara de perdonarme la vida, ha soltado: "Otrooooooo que no sé de donde ha salido. Anda mamá explícale que las meigas no existen, que somos las gallegas que nos gusta ponernos aún más guapas de noche para que los hombres puedan ver de cerca las estrellas. ¡¡¡Tan grande y aún creyendo en cuentos!!!"

   Cuando he conseguido parar de reírme le he dicho que cuanto mayor es uno, más bonito es creer en los cuentos. Se ha quedado callada y al rato me ha dicho: "Hablas igual que Iker, mi novio de este curso pasado. Es muy listo y guapo, pero lo he dejado. Yo ya he madurado y él todavía anda algo pavo."

   No sé si realmente existen las meigas, pero hoy he vuelto a redescubrir la magia que esconde la niñez. 
Icarina

martes, 21 de mayo de 2013

La magia de la...ilusión.


   Se sentó en un banco y abrió su maleta. En aquel viejo utensilio de cartón, destartalado ya de tantos viajes, no guardaba nada que realmente tuviera valor. Sin embargo, poco a poco fue sacando lo que allí había, dejándolo ordenadamente a su lado en el banco. Y lo hizo con la delicadeza de quien tiene aún la manos suaves. En primer lugar, un viejo y roto reloj que agitó con vehemencia como si con ello fuera a conseguir que volviera al monótono tic-tac que en otros tiempo tenía. Después, un cuaderno con las cubiertas envueltas en papel de periódico; ese detalle lo aprendió de su padre para que así -decía él con su voz ronca- durasen toda la vida. Lo hojeó. Había mil cosas escritas en él. Cosas que ella sabía y aun así se entretuvo en algunos de los renglones, riendo a carcajada limpia de las ocurrencias plasmadas en forma de letras.

   En cuanto recuperó la formalidad, prosiguió con su tarea. A continuación vinieron un buen puñado de pétalos de flores de todos los colores. Era cierto que ya estaban marchitos. E incluso habían perdido su olor. Pero aún así, ella juntó ambas manos y las acercó hasta su nariz. Cerró los ojos e imaginó la fragancia de cada una de ellas y de todas a la vez. "Esto podía ser el arco iris de los olores. ¿Cómo no se le habría ocurrido antes a nadie aquella idea?" se dijo en voz baja. Pero sin duda a lo que más cariño de todo le tenía era a la pequeña botella transparente que a continuación debía sacar. Estaba llena a rebosar de unas saladas gotas cristalinas. Sí, eran lágrimas. Y las había de tristeza, de rabia, de felicidad. Y también alguna que otra de esas que brotan cuando ríes tanto que el cuerpo necesita desahogarse de alguna manera para poder dejar hueco a nuevas risas.

   Y por último, en el rincón más olvidado de aquella maleta, ya solo quedaba un gastado lápiz de madera. El de escribir las historias importantes. El de acariciar el blanco papel con trazos imborrables. El que inventaba las palabras oportunas, aunque a veces se dijeran a destiempo o llegaran antes de terminar de escribirse. Ese era el que buscaba cuando se sentó. Lo necesitaba, pues aquellos suspiros que había escuchado en aquel cuerpo que habitaba, la habían puesto en guardia. Estaba segura que el corazón de su dueño de nuevo se había despertado y ella, a la que todos llamaban ilusión, le correspondía hacer que siguiera latiendo. Y así, al juntar los pétalos con las lágrimas tendría mil colores donde impregnar el lápiz con el que volvería a escribir una historia de amor entre las hojas del cuaderno de tapas de periódico, mientras el viejo y caduco reloj vehementemente quisiera seguir marcando el tiempo de unos nuevos latidos de amor.

domingo, 28 de abril de 2013

Un paseo entre recuerdos.....


   Ayer volví al ayer. Sí, a ese ayer que, como todos y cada uno de nosotros, fui fabricando en otro tiempo para convertirlo no solo en mi tiempo y sino también en mi vida. Un conjunto de instantes que compusieron mi niñez y mi adolescencia en medio de mil risas y otras tantas tristezas, de intensas ilusiones y alguna que otra decepción.

   Y es que aquel tiempo era un reloj que caminaba invisible sobre nuestras vidas, sin que el ajetreado paseo de sus manecillas hiciesen mella sobre nuestros pensamientos al verlo marcharse. Y los días nos parecían infinitos, tanto como nuestros sueños. Y los malos momentos los desechábamos rápidamente de nuestro lado al encontrarnos de nuevo con los amigos. Amigos.....qué hermosa palabra y qué pocas veces reparábamos en cuánto encerraba dentro. Ellos estaban siempre ahí......, eternamente, como los días.

   Y yo ayer volví allí. En un viaje inesperado e improvisado a ese recóndito lugar que me vio crecer. Pero esta vez no se trataba del lugar; allí voy con cierta frecuencia. Esta vez era el reencuentro con unas palabras, con unas vivencias y, sobre todo, con una persona. El redescubrir, frente a un café que nos cobijaba de un frío que estaba deshaciendo la primavera, aquello que cuentan otros ojos antes incluso de que pueda ser dicho. Y es que las miradas, todas, incluídas aquellas que puedan estar ya curtidas en la batalla de los años, no saben callar, ni entienden de mentir.

   Y caminé de nuevo por aquellos pasos que poco a poco hoy se van evaporando, y reescribí anécdotas, y supe de cosas que en su momento no alcancé a ver, y hablé del ayer con palabras de hoy, y escuché el hoy con palabras del ayer.

   Y es que ayer......ayer volví por unos instantes a ese ayer de mis recuerdos. Unos recuerdos que por un día decidieron no marcharse de mi memoria, sino que quisieron volver a mí..... para jugar alegremente en ella.

viernes, 19 de abril de 2013

Por quién mueren las palabras......

   Y una mañana despierta y trae consigo ese día que es igual para todos y, a la vez, distinto para cada uno de nosotros. Y yo comienzo a darle forma con esa cadencia silenciosa y mimética con que las personas solemos escribir nuestra vida; pero el día ya me avisa de que va a ser distinto; aunque yo aún no lo sepa, aunque yo aún no lo sienta.

   Y como si de un guión ya escrito se tratase, comienzan a fluir en mí las palabras y los silencios, los ratos de compañía y los tiempos de soledad. Y ambos, las palabras y los silencios, las compañías y las soledades, van dando significado a cada minuto vivido. Y éstos..... a las horas. Y las horas........ a un día que sabe a la monotonía de los días iguales. Pero el día, a mis espaldas, ya va adornando sus tiempos con la mejor de sus galas; aunque yo aún no lo sepa, aunque yo aún no lo sienta.

   Y en medio de la vorágine siempre despierta de la realidad, salen a pasear también mis sueños, esos que se me escapan colándose entre alguna sonrisa, viajando en alguna lágrima o, como suelen hacer casi siempre, hablándole a mi imaginación en medio de las palabras calladas de un pensamiento. Y yo les escucho y sonrío con ellos cada vez que me arrancan de los labios un tal vez,....sí, un tal vez.

   Y cuando quiere caer la tarde, dispuesta a llevarse consigo el día y los retales de vida en él zurcidos, me encuentro frente a mí con unos labios que no son ningún sueño a más de haberlos soñado mil veces. Y yo entonces hablo o guardo silencio, pero mis palabras y mis silencios se olvidan de todo y vuelven de nuevo hacia mí y me gritan: “Bésalos.....bésalos, no tengas miedo”

   Y entonces me doy cuenta que mis palabras ya suenan distintas, a pesar de que puedan ser las mismas palabras usadas en la mañana o al comienzo de la tarde. Y mientras pienso en esa eternidad tan frágil que apenas dura un instante y que es robar un beso de otros labios, entiendo que a veces nuestras palabras también mueren por alguien...........o mueren por el deseo de un beso que, tal vez, se puede hacer realidad a más de haberlo soñado tanto. Y así el día abandona su monotonía, para vestirse el manto de los días únicos, de los días especiales que se saben y se sienten.

domingo, 24 de marzo de 2013

Caricias de seda....


 
   Afuera llovía y las gotas precipitadas desde el cielo discurrían salvajes por el cristal de la ventana, uniéndose a otras para crear cristalinos ríos que deformaban la realidad exterior hasta llegar al alféizar de la ventana. Una vez allí se volvían pausadas, conformando diminutos charcos en los que perdían la noción del tiempo, para instantes después, y empujadas por torrentes de gotas nuevas, proseguir su viaje hasta morir definitivamente en el suelo. Yo, desde el otro lado de la ventana, y como queriendo romper la barrera que me separaba de ellas, las seguía con el dedo en sus serpenteantes viajes. Había venido hasta el salón auxiliar para aislarme un poco del agobio que estaba produciendo en mí tantos comensales como habían acudido a la boda de mi hermana mayor. Y tan absorto estaba en estos juegos que no me percaté que ya no estaba solo.

  -¿Recuerdas cuando de niños corríamos bajo la lluvia y llegábamos a tu casa totalmente empapados? Tu madre te recriminaba que hubieras permitido que me mojara y tú no encontrabas las palabras adecuadas para defenderte. Yo, entre risas, te daba un beso –escuché a mi espalda.

   Antes de volverme cerré un instante los ojos y recordé las veces que había soñado con aquella voz en los últimos años y ahora...ahora susurraba cerca de mi. Marie se acercó también a la ventana e imitó mis movimientos anteriores, siguiendo con un dedo el curso de una gota de lluvia.

   -Me alegra mucho que hayas vuelto aunque sea sólo por un día. ¿Cuántos años hace ya que te marchaste? ¿Son ya quince años los que llevas casada? –dije casi tartamudeando como cuando era pequeño.

   -Sí, quince años ya. ¡Cómo pasa el tiempo! Y si al menos hubieran merecido la pena....  –había bajado la cabeza y jugaba ahora a entrelazar sus dedos- Tú no me has contestado aún a mi pregunta.

   -Sabes bien que sí me acuerdo. No he olvidado ninguno de los momentos que pasé contigo. Ni he podido olvidarte a ti. Tal vez pienses que estoy loco, pero a menudo hablo solo y digo tu nombre.

   Hacía fresco en la habitación; en la chimenea apenas había unas ascuas. Me acerqué y añadí algo más de leña. El fuego se avivó y rápidamente se escuchó el crepitar de las ramas más secas que comenzaban a ser devoradas por la vorágine de unas llamas multicolor.

   Pese a que no tenía en los ojos el brillo de otras épocas, Marie volvió a parecerme encantadora. El vestido de seda que había elegido para la ocasión parecía una segunda piel en su cuerpo, resaltando su silueta. Esta vez no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de besarla. Era lo único que tendría de ella: sus labios. Me acerqué y dejé que mis manos se fundieran en su cintura. Por un momento me pareció ver en ella la picardía de cuando era niña.

   -Marie, yo...nunca te dije que.... –se había iniciado en mi interior una enorme batalla por acertar a robarle el beso y que, a su vez, no trascendiera el enorme nerviosismo que me invadía.

   -Calla, no digas nada –con uno de sus dedos selló mis labios-. Tenemos la peligrosa costumbre de cambiar el destino cada vez que hablamos. Somos libres y nos encerramos en la cárcel de unas palabras que, a veces, hablan más que nosotros mismos.

   La besé. Había besado a otras mujeres, pero aquellos labios me supieron deliciosos. La vi cerrar los ojos y dejarse hacer. Mis manos torpes desprendieron uno a uno cada botón de su vestido. Despacio, recreándome en un tiempo que sólo podía ser mío, aparté aquella tela de sus hombros y el vestido se deslizó sin oponer resistencia. Sucumbí a cada suspiro, a cada milímetro de su piel también de seda. Mis manos iniciaron en sus pechos un ritual que ya no encontraría fin, tan sólo el del placer fraguado en la imaginación desde años atrás. El fuego, en aquel día lluvioso, reflejaba en la pared cada cadencioso movimiento de dos cuerpos que, hechos ya uno sólo, se amaban con pasión.

   Desperté totalmente sudoroso e inquieto. Acerqué mi mano hasta mi frente. Ardía. La fiebre se había adueñado de mí otro día más y me hacía delirar. Y como siempre, en mis desvaríos la veía a ella; la imaginaba acercándose a mí, hablándome al oído y entregándome ese cuerpo que jamás sería mío. Afuera llovía y las gotas precipitadas desde el cielo discurrían salvajes por el cristal de la ventana, uniéndose a otras para crear cristalinos ríos que deformaban la realidad exterior hasta llegar al alféizar de la ventana y después morir irremediablemente en el suelo.

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Caricias de Seda forma parte de la antología de relatos romáticos "Seda y Fuego" ideada y organizada por @kissabook . Descúbrela aquí. Te sorprenderá!!